Meriendas

Debía de ser sábado o domingo, a lo sumo vacaciones.

Yo era tan pequeña, que ya no sé, si esto que escribo, es un recuerdo, o algo que he soñado, que me he inventado, o una mezcla de todo.

Pero esta es mi versión de aquella tarde.

Mi hermano acababa de nacer, así que yo tenía seis años y en mi familia ya he dicho alguna vez que somos un poco inquietos y  pegajosos.

En mi casa, que no es tan grande para tantos estábamos,  mi abuelo Juan y mi abuela María, mis padres, mi tito Amador, que aún vivía con nosotros, mi tito Juan,  mi tita Carmen, mi primo de camino y por supuesto mi hermano y yo.

En Almería acababan de hacer un residencial al final de la Rambla , cuando la Rambla era una rambla, al que le pusieron de nombre Oliveros. Unos edificios muy altos enfrente de la playa.

En los bajos, además de comercios una cafetería.

Conforme la casa se iba haciendo más pequeña con el paso de las horas, alguien dijo de ir a tomarse un chocolate con churros a esa cafetería que habían abierto hacía poco.

Así que allí nos fuimos todos y eso mismo debieron de pensar todos los almerienses, porque cuando llegamos no había ni sitio en la barra.

Recuerdo a mi abuelo protestando, que era mucho de poner las cosas graves y los demás agobiándonos porque habíamos ido hasta allí y resultaba que no había mesa y habíamos armado la que habíamos armado para salir de casa para nada. Todo esto con carrillo de bebé incluido.

Al final creo que lo solucionamos llevándonos a casa los churros de allí o de alguna cafetería cercana. Ni siquiera recuerdo bien eso.

Desde entonces, son raras las vacaciones en las que en algún momento, no vamos a algún lado a tomarnos unos churros, o nos los llevamos para casa de mis tíos que preparan el chocolate, y les sale mucho más rico. En mi familia a parte de pegajosos también somos, debo de admitirlo, un poco okupas y acoplados.

Tardé muchos años en averiguar que lo que nosotros llamábamos churros, en realidad son porras. Y fue aquí en Madrid y me llevé un gran chasco. Aquellos churros, que sabían a churros  y que no eran como los míos de siempre, me trajeron la nostalgia de muchos años. De muchas vacaciones. De mucha familia. El único consuelo, es que me los merendé, mientras formaba otra.

Lo que no intento saber nunca, es la verdad de aquella tarde. Prefiero dejarla así. Prefiero que estemos todos. Que armásemos aquel lío para unos churros, que se llaman porras y que aquellas horas sean el reflejo de nosotros, porque así es como somos… Haciendo líos de cualquier cosa.

Prefiero eso a confirmar que probablemente, lo más seguro, es que solo estuviésemos mis padres, mi abuelo y yo.

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